Cuando Gaia tenía cinco años, la encontré detenida en el tiempo
una niña diminuta con un celular en una mano y un oso deshilachado en la otra.
Los ojos fijos en la pantalla,
el cuerpo quieto, la mente absorbida por un flujo ajeno.
Le llamamos Gaia, como la tierra viva, pero ese día vi en ella otro tipo de ecosistema, uno forjado por residuos, señales y superficies táctiles. Intente esculpirla, tejerla, como la vi; trazada en alambres, desechos tecnológicos, circuitos rotos, que se enredan como una memoria no del todo suya.
Pensé en esa idea Lacaniana. La que dice que a los cinco años el sujeto se reconoce en el espejo “ El estadio del espejo como formador de la función del yo”
pero ese espejo es ya otro
una pantalla brillante, un reflejo sin cuerpo.
Espejo negro donde Gaia no se encuentra, sino se pierde.
El reconocimiento se vuelve alienación.
El oso, Traschy Teddy, la
Disneyfica es su ancla,
pero también su cómplice:
una criatura limítrofe, entre el consuelo orgánico
y el fetiche de una infancia digitalizada.
Esta escultura es mi intento de sostener esa imagen
antes de que se disuelva del todo.
Es Gaia atrapada entre materia y señal, entre lo que fue tierra y lo que hoy es interfaz.




