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MECANO GOTICO
Fernando Muñoz Botero
15 de febrero de 2024




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La pregunta sobre si somos los humanos quienes determinamos la concepción y la creación de las máquinas, o si por el contrario son las máquinas las que determinan el ser de los humanos, su comportamiento y su devenir, constituye la invitación a la reflexión sobre el tema que nos inspira la obra de Fernando Muñoz Botero al presentarnos sus máquinas como seres bizarros dotados de voluntad, tramando sus propios designios y con la capacidad de otorgarle un poder disruptivo a quienes se sirven de sus prestaciones.
El poder que esta sinergia ha desplegado ha sido tan contundente que sus consecuencias han producido la transformación del planeta en una dirección incierta e imprevisible, determinada por las máquinas, por su voluntad y su capacidad.
Desde que los humanos en la edad de hierro descubrieron el azadón y las herramientas para laborar la tierra y en la agricultura se empezaron a producir excedentes que propiciaron el comercio y la formación de capitales, las herramientas, los aparatos y máquinas empezaron a propiciar la acelerada transformación del mundo. Así mismo se desarrollaron las armas que invitaron a tomar el control de territorios vecinos para así constituir reinos y construir imperios. En el siglo XVIII con el surgimiento de las nuevas ideas filosóficas (con Descartes y el humanismo) surge el Iluminismo o el proyecto de la Ilustración donde la razón humana y el pensamiento crítico adquieren la primacía sobre la religión, el poder de la iglesia y el absolutismo político.
En este siglo de las luces por oposición al oscurantismo de la Edad Media se pretendía construir un mundo nuevo que persiguiera una mayor justicia social, libertad, bienestar y felicidad, fundamentado en la racionalidad y la capacidad de la inteligencia humana dando como resultado eventos tales como la Revolución Francesa, la Declaración de los Derechos del Hombre y los cambios en la política y las instituciones públicas. Gracias al surgimiento de las importantes transformaciones en el desarrollo de la ciencia y la tecnología que le imprimieron a la sociedad europea un gran optimismo, en que el futuro de la humanidad se presentía brillante como consecuencia del enorme poder y dominio sobre la naturaleza que se consideraba como un inextinguible reservorio de recursos a su servicio. Todas estas revoluciones se enfocaban en la construcción de una mejor sociedad al impartir unos nuevos valores y objetivos, las que dieron origen a lo que Martin Heidegger llamó la Primera Modernidad, en la que prevalecía la racionalidad finalista, enfocada en fines, o la racionalidad objetiva que proponía objetivos según Adorno y Horkheimer, la que se ocupaba de la realización de fines como una sociedad más justa y libre para la construcción de un mundo mejor, dirigido por la razón y el pensamiento humano.
Con el desarrollo de la ciencia y los primeros sistemas de producción masiva con la eficiencia como objetivo, sobreviene la racionalidad instrumental que ya no propone fines ni se preocupa de la consecución de objetivos convenientes al bienestar humano y al equilibrio de su entorno y solo persigue fines abstractos desprovistos de sentido, ignorando las intenciones previstas en el siglo de las luces.
Y es esta racionalidad que determina para Heidegger el advenimiento de la Segunda Modernidad, que con la invención de la máquina de vapor, los motores de combustión el desarrollo de los transportes se dio comienzo a la revolución industrial y el desarrollo del capitalismo y la mundialización y lo que Heidegger llamó el mundo de la técnica, al que corresponde el mundo contemporáneo, el capitalismo moderno, en el que todo se desarrolla conforme a una racionalidad instrumental donde ya no se consideran ni se persiguen objetivos convenientes a la vida humana ni el equilibrio de su entorno; solo cuenta el crecimiento de los medios, la rentabilidad, la productividad, la competición, el poder, una lógica mecánica y anónima sin ningún destino previsible, simplemente una sociedad de consumo que nunca se satisface.
El proyecto humanista de las luces cae en la infraestructura de la competición universal, de la racionalidad capitalista y la mundialización donde la historia va a avanzar, no en relación a un objetivo de libertad, bienestar y felicidad para la humanidad, como se pretendía en la primera modernidad, sino bajo la condición de la competición en que quien no innova desaparece y el mundo de la técnica y el poder de las máquinas, despliegan sus condiciones donde la potencia y la capacidad de transformación del entorno, destruyen su equilibrio y conducen a la incertidumbre y la inviabilidad para la supervivencia por el agotamiento de los recursos de la tierra.
Esta racionalidad instrumental corresponde a la estructura de la figura que Nietzsche describe como la voluntad de poder como esencia, la voluntad que solo desea su propia intensificación, la fuerza por la fuerza, la voluntad de voluntad, que ya no considera objetivos sino su propia fuerza. Esta es la infraestructura del mundo de la técnica descrito por Heidegger, en el que prever una mejor humanidad ya no cuenta y las máquinas han sido las protagonistas.
El poder que las máquinas han propiciado ha sido tan determinante en la historia de la civilización humana que la pregunta con la que iniciamos estas reflexiones pareciera resolverse en favor de ellas. De ahí que detenernos a mirarlas con atención representadas en los humanoides creados por Muñoz Botero, produce un extraño asombro al sentirnos frente a seres que de alguna manera nos superan, se burlan de nuestra ingenuidad, de nuestra incapacidad de comprender lo que nos pasa, lo que nos han inoculado al desplegar sus capacidades, lo que nos reservan para el devenir futuro y el enorme poder que ejercen y otorgan a quienes de ellas se sirven al convertirse en máquinas de guerra. Todo el conjunto de fuerzas que surgen del mundo del capitalismo, del comercio mundial, de la lucha por el poder político, que producen guerras, desequilibrio, odio, miseria, migraciones, etc., no responden a ningún ideal para el beneficio humano. Simplemente responden a leyes que persiguen únicamente la propia intensificación de poderes ciegos que actúan solamente para perdurar y acrecentarse.
No podemos saberlo, pero sospechamos que si estos seres tuvieran autoconciencia, habría en sus gestos una sonrisa de complacencia por el espectacular e inesperado dominio que detentan sobre nuestra especie. Han manipulado de tal manera nuestros deseos y nuestras voluntades, produciendo tal enajenación que al reflexionar al respecto quedamos perplejos. Conducidos como borregos rumbo a una angustiosa incertidumbre, sin el menor atisbo de consciencia ni comprensión de la película a la que nos convocaron.
Sin embargo nos inclinamos a pensar que esta apabullante dominación con seguridad proviene, no de una conciencia conspiradora contra la humanidad, sino la simple inocencia del devenir, de la abstracta voluntad del mundo, como lo expresaba Arthur Schopenhauer, el tejido de fuerzas ocultas que constituye la realidad, al que solo tenemos un acceso ínfimo, limitado a la conformación de nuestros sentidos.
Nuestra limitada capacidad de percibir el mundo a través de nuestros sentidos, solo nos ha permitido obtener de él una muy limitada representación para ir más al fondo de los objetos, los recursos de los que nos servimos y los seres con los que convivimos y establecer con ellos una relación equilibrada y responsable en cuanto a las consecuencias de este abuso. Por esto la existencia humana en la tierra se encuentra hoy amenazada por el impacto que se ha producido gracias al poder abstracto que las máquinas han propiciado y el abuso del poder que nos han conferido.
De esta voluntad no tenemos posibilidad de liberarnos, pero a la que tampoco hemos sabido acomodarnos o ajustarnos como lo pensaban los griegos. Para ellos cosmos significaba orden y el conjunto de leyes que determinan el devenir de todo lo que existe. Y el equilibrio consistía en ajustarse a estas leyes, el logro de una armonía que se presentía en la naturalidad de sus gestos y la placidez de su arte. Tal vez este reconocimiento y actitud, produjo las condiciones para la reflexión que surgió de su cultura dando origen al nacimiento de su filosofía de la cual aún hoy nuestra cultura se alimenta.
El Gran estilo para Nietzsche, es la vida más intensa, las fuerzas internas armonizadas, la integración de fuerzas en nosotros, el gesto más elegante y más potente, el máximo efecto con el mínimo esfuerzo, debería surgir de la tranquilidad de habitar un ideal más acorde con esta voluntad pero afectado por una mayor comprensión del sentido de nuestra relación con el todo.
El amor fati o reconocimiento de la inocencia del devenir, la reconciliación con lo real, habitar el presente, son claves de la sabiduría que nos propone. La voluntad de poder es la esencia más íntima del ser y tal como en Spinoza, lo que aumenta mi potencia me produce felicidad o tristeza lo que la disminuye. Acrecentar su propia intensidad puede considerarse como una ley indepasable, lo real es un tejido de fuerzas y persistir en el ser es la fuerza primordial en la naturaleza.
Sin embargo nos encontramos en un mundo amenazado por nuestra propia actividad que reclama un cambio en los valores que determinan nuestros deseos para garantizar nuestra persistencia.
Los hombres hacen su historia pero no saben la historia que hacen, nuestra historia, nuestro destino se nos escapa pues no hay finalidad, es un proceso sin sujeto. La infraestructura de la competición universal, ocasiona un desperdicio y una transformación de la superficie terrestre en lo que se ha llamado el antropoceno, aunque debiera mejor llamarse maquiceno si consideramos la pregunta de quién determina a quién. Hoy, cuando aún no comprendemos las consecuencias que la irrupción de la inteligencia artificial traerá en las nuevas fuerzas que comienzan a desplegarse con este aporte maquínico, la pregunta adquiere mayor relevancia.
Una velocidad de cálculo y una capacidad de búsqueda en un banco de memoria tan desmesurado que dejan a la mente humana inservible y tal vez pronto desechable. No son muchos los recursos de que disponemos para justificar nuestra preeminencia. ¿Será que nuestro destino está determinado de antemano por la voluntad del mundo como la fuerza de gravedad hace que una piedra caiga?
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